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III

Eran la pareja del momento en el hospital, ya era público, eran tema de conversación, eran dos de los cirujanos más respetados, también los más deseados, razón por la cual generaban mucha controversia.

El jefe de cirujanos, Benjamín, había tenido una conversación con cada uno, debían informar por escrito que eran pareja, seguir este protocolo por supuesto no era algo que los hiciera sentir cómodos, pero lo debían hacer.

Los días pasaban rápidamente, compartían tiempo valioso, se disfrutaban, eran dos piezas que encajaban perfectamente dentro y fuera del quirófano donde sus manos, su talento, su capacidad extraordinaria de salvar vidas, los hacían presumir el uno del otro, se admiraban, también se envidiaban pero se admiraban más.

El apartamento de Vicente era el ingrediente perfecto de la relación, tenerlo tan cerca les permitía no disponer de las camas de descanso de residentes e internos, sobrevaloradas en sí, sino tener espacio único para una intimidad que cada vez se afianzaba más. En sus cabezas las ideas estaban alineadas con el palpitar de sus corazones, sabían que estaban construyendo un vínculo estrecho, fuerte, sólido y aunque siempre el tema de un compromiso que trascendiera, hacía poner dubitativa y nerviosa a Rebeca, esta vez era diferente, los tormentos que le surgían eran inmediatamente cancelados por la emoción, la pasión, la entrega y el enamoramiento del que ya era víctima.

Había algo especial, además de los lazos que los unían y la excelente manera de llevarse, la química existente sobrepasaba cualquier experiencia de sus pasados, el encuentro de sus cuerpos era difícil de explicar con palabras, simplemente era una explosión de sensualidad, impuesta sobre todo por ella. Vicente era un amante entregado, dedicado, generoso, preocupado por el placer conjunto; Rebeca era más salvaje, atrevida, segura, creativa, le gustaba llevar el mando, por lo menos en un principio, era más experimentada, sabía sus gustos individuales y los expresaba; el clímax de él la hacía sentir poderosa. Cada día que pasaba se conocían más, estaban satisfechos, no necesitaban nada más, sus rostros dibujaban sonrisas y sus movimientos hablaban solos del buen momento que atravesaban juntos.

Desde antes de la fiesta donde se acercaron por primera vez, Vicente había ganado la posibilidad de trabajar compartiendo unos días del mes con el hospital Virgen de la Salud, en la ciudad de Toledo, en donde su presencia era altamente valorada, remunerada y apetecida. Y es que era el mejor en cirugía ortopédica y traumatología, verlo trabajar en la conservación y restablecimiento de las extremidades, de la columna vertebral, era todo un placer. Los residentes buscaban como fuera entrar en sus cirugías, cualquiera quería verlo realizar una sustitución de alguna articulación desgastada por una prótesis, era un investigador innato, llevaba la delantera en el uso de modernos implantes y sistemas de recuperación de sangre nunca antes vistos, y por esto lo querían en todos los hospitales de España.

Ya habían pasado juntos más de 6 meses y estos días en los que Vicente estaba en Toledo, a tan solo una hora de Madrid, habían logrado incluso unirlos más, se extrañaban, cuando él regresaba, volvía con apetito de amarla más, tenía sus historias, su oratoria era envolvente, ella simplemente lo disfrutaba. Ya se habían acostumbrado a este ritmo, sabían que debían sacrificar horas de sueño por momentos juntos.

Se alistaban para asistir al matrimonio de un cirujano pediátrico, Andrés, gran amigo de Rebeca. Era un evento grandísimo, se sospechaba que iba a ser una de las bodas del año, no sólo del hospital sino de la ciudad. La invitación era extensa a la mayoría de los cirujanos y doctores, debían manejar 30 Km para llegar a a un sitio mágico donde muchos soñaban casarse pero no todos lo conseguían.

Rebeca estaba alucinante, tenía un vestido ceñido que resaltaba lo hermosa que era, elegante, sobria; ese día Patricia la había maquillado y peinado, parecía una muñeca, y viceversa. Querían disfrutar la fiesta como nunca, bailar hasta que les dolieran los pies, pocas veces podían hacerlo en el año, así que sabían aprovechar el tiempo. Vicente, con su traje llamaba la atención a kilómetros de distancia, reconocía su perfume incluso en los jardines de lavanda que tenían el suyo propio, era un hombre completo, un caballero, llegaba a parecer algo irreal.

La fiesta transcurría, era un casamiento con muchos lujos, la comida, la bebida, todo era exorbitante, habían iniciado la ceremonia y el festejo aún con la luz del día y se había terminado con la luz del siguiente día. ¡Qué fiestón!. Habían pasado la noche con sus amigos cirujanos en una cabaña. Hace un par de días durante una emergencia, Rebeca había dejado caer su teléfono y la ambulancia le había pasado por encima, por lo que usaba el celular de Vicente para pedir un delivery con desayuno y bebidas frías que calmaran la resaca. En ese preciso momento entraba un mensaje:

-¿Dónde te has metido?-

-Llevo todo el fin de semana buscándote-

-Contéstame- 

-¿Qué ocurre?-

-Vicente, coño, ¿estás bien?-

-Voy a tu apartamento, llámame- 

-¡No hagas más el gilipollas y compórtate como un hombre!-

Vicente preguntó si todo estaba bien, Rebeca con su palidez habitual asintió.

Ya llevaban varios meses juntos, era imposible que Vicente pudiera tener otra relación, quién era esta mujer, por qué le escribía… La cabeza de Rebeca daba más vueltas que el segundero de su reloj; trabajar, operar, tratar a los pacientes, se convertían en un ladrillo pesado en su actuar.

Operando con Vicente en la misma sala, sólo lo miraba con detenimiento, quería buscar las respuestas en su mirada, pero esos ojos la miraban con lujuria y amor. Los días pasaban con  normalidad, ella había decidido no decirle nada, no reclamar hasta no estar segura de lo que había leído, se preguntaba si era algo grave, o podría ser su hermana, no había alcanzado a ver el nombre en la pantalla. Aunque se carcomía con la incertidumbre había optado por continuar su vida sin atormentarse, sin pensar de más.

Luego de un tiempo, la relación seguía estable, pero Rebeca tenía el deseo intermitente de revisar ese teléfono, aunque esto fuera en contra de todo lo que ella creía sano para su relación; siempre había criticado radicalmente al tipo de mujer con celos enfermizos que se entrometía en la privacidad de su pareja, y ahora estaba a punto de convertirse tal vez en una.

El trabajo en el hospital se hacía más exigente, entraban en una etapa de investigación y desarrollo de proyectos, en los que Rebeca lideraba el desempeño de más de 15 internistas para ir al concurso de medicina más importante de Europa, ella sabía que su anhelada jefatura, dicho por Benjamín, dependía del éxito de esta responsabilidad, debía tener su concentración al máximo, no podía desperdiciar esta oportunidad, que además de ser enorme, era posiblemente única.

Vicente estaba en Toledo, así que no verlo por unos días también le daba un respiro a su mente, a su cuerpo, a su alma. No tenía rabia, no tenía tristeza, tenía dudas, tenía impotencia, tenía inseguridad.

Debía hablarlo con alguien. Patricia, la escuchaba con atención, analítica como siempre, por fin podía desahogarse, pedir un consejo. Hablaron por horas, extrañaba tomarse una copa de vino con su amiga, habían pasado por tanto juntas, se conocían, se respetaban profesional y personalmente, habían hecho sus carreras dentro del hospital al tiempo, habían sido nuevas el mismo año y ahora eran el ejemplo a seguir en sus especialidades. La neurocirujana lograba tranquilizarla, sus palabras sabias la relajaban, era cierto, no tenía pruebas suficientes para fundamentar su angustia.

Haberse desahogado había alivianado en algo la situación, por lo menos se mantenía enfocada en su trabajo, se repetía una y otra vez que éste era su prioridad en la vida, sin embargo el nudo en su garganta seguía presente, el presentimiento que no quería aceptar la acompañaba, ya no podía mirar a Vicente sin sentir que había un misterio que debía averiguar quisiera o no. Él mantenía su actitud encantadora, amable, algo arrogante, sexy, su inteligencia sublime, su forma de hablar tan culta, era su tono de voz lo que la desarmaba, su porte, su olor, era todo.

En mitad del año había un festival de música del que Vicente emocionado había estado hablando con algunos residentes y Rebeca había oído accidentalmente, así que pensó en que comprar los boletos para asistir juntos, sería un regalo muy acertado para celebrar el hecho de llevar varios meses juntos.

Era viernes, estaban operando entre muchos cirujanos a un hombre que había quedado sepultado entre escombros de una construcción, estaba Patricia luchando contra un posible derrame cerebral, Vicente intentando revisar los daños sufridos en columna y extremidades bastante comprometidas y Rebeca maniobrando un corazón que parecía saltar para salir de este cuerpo. Todos juntos trataban de salvar esta vida, era un desastre, las ganas de vivir de este ser humano se acababan. Decir la hora de la muerte de un paciente era la parte odiada para ellos, esta tarde la habían tenido que decir luego de intentar mantenerlo con vida como fuera posible, pero no lo habían logrado.

Rebeca notó que Vicente había salido de la cirugía frustrado, derrotado, decidió darle tiempo para recuperarse y luego de unas horas lo buscó. Estaba en la cafetería, una sonrisa desde lejos, la invitaba a compartir con él su café, se abrazaron, era un día horrible, así que era el momento de sorprenderlo mostrándole las entradas para el concierto que tendrían esa noche, la cara de Vicente contrario a ser de felicidad, se tornó azul parecía el aspecto de un muerto, le preguntó si estaba bien, pero él no pronunciaba palabra alguna.

Su mirada perdida la hacía entender que había sido pésima idea sorprenderlo así, ahora bastaba con entender qué era lo que pasaba, por qué no se había alegrado como ella lo había planeado, por qué el abrazo se tornó frío, la actitud y aspecto de Vicente ante este detalle la dejaba asombrada, estática ahí frente a él, indefensa por no tener respuesta alguna.

IV

Lina Bustamante

Lina Bustamante

La escritura: mi sueño hecho realidad. Soy Administradora de Mercadeo y Logística Internacionales de la universidad de la Sabana, tengo más de 5 años de experiencia laboral en el área comercial, y mercadeo. Lo que realmente me apasiona es la gente y la estructura organizacional disruptiva. Vivo constantemente inquieta por la búsqueda de la felicidad como un modo posible y real de vivir. Mi animal salvaje favorito es el trigre blanco, me identifico con éste por su naturaleza ferviente de marcar una diferencia en su entorno.

2 Comments

  • Andrea dice:

    Me encanta como escribes!!! Logras hacer que nos imaginemos cada uno de tus personajes y transmitir cada una de sus emociones y sentimientos! No puedo esperar para leer ya la siguiente parte!

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