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Es difícil entender el comportamiento ajeno.

Es difícil dar sin pretender recibir.

Es difícil tener expectativas de los demás que no se cumplen.

Tan difícil como pensar que todos los demás son como nosotros, o como quisiéramos que fueran…

Hoy la escritura está dedicada a esas personas que nos hicieron daño, que nos hicieron sentir las tripas en la garganta y las mariposas del estómago que alguna vez revoloteaban de felicidad, causarnos nauseas y ganas de vomitar. La entrada de hoy es la primera parte de una historia que espero las atrape tanto como a mí.

 I

Rebeca era médica cirujana cardiotorácica, reconocida en su campo, llevaba trabajando más de cinco años para uno de los mejores hospitales de Madrid. Colombiana, su talento y entrega, la habían llevado a ejercer en distintos países, aún sin pasar los 35 años. Era el modelo a seguir del hospital. Inteligente, buena compañera y con una belleza que hacía coherencia con sus pretendientes frustrados, a los que ella consideraba prácticamente sus hermanos. 

Durante estos años su ritmo de trabajo se había mantenido en jornadas de más de 18 horas diarias, en turnos que la hacían sentir viva porque su vocación era más grande que cualquier raciocinio, ver cómo salvaba otras vidas, habría salvado también la suya. Nunca estuvo interesada en nada más que su éxito profesional, desde sus años como residente se destacó por querer ser la mejor de todos y lo consiguió…

Era un martes, alguna de sus amigas en el hospital, Patrícia, una neurocirujana, estaba de cumpleaños y como de costumbre se organizaba un pequeño festín en el que todos pudieran compartir unos minutos para celebrarle. Rebeca mientras tanto estaba operando a una niña de 8 años que precisaba de un trasplante de corazón, una vez terminó la cirugía sin el resultado esperado, con sus ojos brotando lágrimas, aún sin acostumbrarse a la crudeza esperada de su trabajo, se sentó en el vestidor de residentes y lloró, simplemente lloró. Estando encerrada entraron a consolarla algunos de sus colegas con quienes tenía ya valiosos años de amistad, conocían esos casos puntuales donde la muerte de un paciente se le convertía en una batalla personal y así mismo tenían el uso correcto de las palabras para esos instantes. Sin embargo, justo antes de pronunciarlas, tocaron la puerta. 

Al abrir estaba: Vicente. Cirujano experto en traumatológica y ortopédica, relativamente nuevo en el hospital, lo habían visto en el quirófano, pero tenía fama de arrogante, por lo que no se habían interesado en tener contacto previo. Tenía en sus manos una porción del pastel de cumpleaños celebrado minutos antes en su piso, el cual entregó a Rebeca mirándola con ojos brillantes y más jóvenes que los de ella, sólo su mirada era ya una invitación a vivir, inmediatamente se presentó como si no se conocieran, luego de sonrojarse mutuamente y de que Rebeca secara sus lagrimas, quedó clara la intención del atractivo doctor: quería acercarse.

Meses atrás, Rebeca había terminado una relación corta, en la que ella proveía económicamente a su pareja, Eugenio, un hermoso moreno español, sin mayores aspiraciones más que la buena comida, el buen vivir y el buen beber. Milagrosamente, él había decidido por su cuenta marcharse a otra ciudad para vivir su vida soñada, que según él, no podría tener al lado de Rebeca por culpa de los horarios, su obsesión laboral y la vida agitada en el hospital. Y sí, era cierto, Rebeca tenía claro que su vida amorosa era un desastre, mientras que en su carrera como la mejor doctora triunfaba, pero eso no la preocupaba, ella quería más a sus pacientes que a su vida misma.

El hospital celebraba una fiesta de fin de año que todo el personal esperaba con ansias. Se turnaron para asistir sin desatender las urgencias y finalmente se encontraban allí. Rebeca y sus amigos pasaron una noche increíble, se excedieron con algunos chupitos, bebieron, bebieron y bebieron de más. En algún punto de la noche estaban bailando Vicente y Rebeca, sin tener tan claro cómo había ocurrido esto; los dos siendo colombianos, sabían contonearse al son de una buena salsa, el dj del salón estaba contratado bajo influencias más latinas que europeas y por este motivo parecía una fiesta en Cali más que en Madrid.

Fueron muchas rondas de bailes apretados, sueltos, divertidos, sensuales; el doctor Vicente era un hombre encantador, su inteligencia sudaba tanto como su cuerpo esculpido, sus palabras eran música para unos oídos que habían estado bloqueados por el desinterés y la falta de admiración; cada vez había más personas en la pista de baile, así que Vicente empujó con su cuerpo hacia la puerta del salón, que estaba menos ajetreada y ahí ¡la besó!.

Sus labios se empezaban a tocar, bailaban juntos sincronizados en un terreno húmedo, que en su temperatura característica, encuentran el acogedor movimiento que los invita a más, a no parar, a seguir el paso, a continuar aumentando la presión sanguínea y el pulso. Ahí se encontraban, no sólo bailaban con sus cuerpos, lo hacían con sus bocas y también con sus almas. 

Los días pasaron y el romance que empezaba a florecer se hacía más intenso, se encontraban cada tanto en sus cortos espacios libres a besarse o simplemente tomarse un café entre risas y coqueteo, a veces almorzaban con los demás a toda carrera, hablaban de sus vidas superficial y profundamente, de sus ex parejas, de sus gustos… Se empezaban a conocer.

Tras unos días de encuentros clandestinos, Vicente invitó a Rebeca a su apartamento (localizado a dos cuadras del hospital) pues les coincidían algunas horas compensatorias, tendrían dos días para descansar. Era un lindo piso ubicado en todo el centro de Madrid, tenía una terraza maravillosa que permitía ver la grandeza de esta ciudad, era alucinante, bien decorado, bien aseado, era perfecto. Esa noche, tomaron vino, comieron pizza, luego se arreglaron para salir a bailar, iban a un bar latino donde podrían recordar la noche de la fiesta de fin de año, estuvieron unos minutos pero el ruido no les permitía hablar con claridad, así que decidieron volver al apartamento. 

La noche pasaba, ya cayendo la madrugada, cansados de tanto hablar, entraron a la habitación principal, se tendieron en la enorme cama, fundiéndose en besos tiernos y apasionados que querían brillar, ser los protagonistas de la noche. La mente de Rebeca maquinaba un plan estructurado, evaluando si debía dar el primer paso para que la noche los llevara a algo más que besos, la mente de Vicente… Era indescifrable. 

Lo que ocurrió después fue simplemente inesperado.

II

Lina Bustamante

Lina Bustamante

La escritura: mi sueño hecho realidad. Soy Administradora de Mercadeo y Logística Internacionales de la universidad de la Sabana, tengo más de 5 años de experiencia laboral en el área comercial, y mercadeo. Lo que realmente me apasiona es la gente y la estructura organizacional disruptiva. Vivo constantemente inquieta por la búsqueda de la felicidad como un modo posible y real de vivir. Mi animal salvaje favorito es el trigre blanco, me identifico con éste por su naturaleza ferviente de marcar una diferencia en su entorno.

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